Eva en el Museo Reina Sofía observando un cuadro. veces me entra tristeza, otras rebelión (2026). María Aparicio. estrellamillansanjuan.es

A VECES ME ENTRA TRISTEZA, OTRAS VECES REBELIÓN (2026) de María Aparicio

El cine como registro del ayer y del hoy. A veces me entra tristeza, otras veces rebelión.

A veces me entra tristeza, otras veces rebelión toma su título del verso de una sencilla y honda canción del cantautor Atahualpa Yupanqui relacionada con las dificultades de los trabajadores del campo en Argentina. Una frase que contiene dos de los ejes que cohesionan y estructuran la trayectoria cinematográfica de la directora cordobesa.

La principal virtud del cine de María Aparicio (1992) radica en la hondura que subyace en la sencillez de sus propuestas, a menudo pobladas por personas corrientes y vulnerables, que son el epicentro de sus historias. Gente reconocible acuciada por la inestabilidad, bajo una parálisis emocional, de melancolía, pero dotada de bonhomía y una sensibilidad necesitada de relaciones interpersonales. Siempre sujetas a la escritura de historias que conllevan una reivindicación de índole laboral y social.

La elección de Eva Bianco para materializar este cine de base humanista y existencial representa siempre uno de sus pilares fundamentales. La actriz argentina personifica con excelencia la contención, una fragilidad sostenida por la experiencia vital, así como despliega su capacidad para expresar diferentes estados de ánimo cincelados a base de naturalidad y convincente presencia.

El binomio de la actriz argentina con María Aparicio garantiza un corpus sólido de cine en las cuatro películas que han rodado juntas, que bascula entre la ficción y el documental, confirmándose cada vez más como una de las propuestas más interesantes del cine independiente argentino. Una industria en los últimos años especialmente vulnerable y hostigada, donde producir y dirigir desde los márgenes se convierte en un ejercicio de disidencia. “El gobierno actual argentino está desmantelando los sectores destinados a promover la cultura, no sólo se trata de la escasez de recursos económicos para el cine, sino el propósito de cerrar cualquier espacio público de acceso a la cultura y favorecer lo privado”, comenta Eva Bianco en una entrevista en el marco del festival de San Sebastián, en su sección Zabaltegi-Tabakalera, donde se presentó ayer A veces me entra tristeza, otras veces rebelión. Rodar en Argentina en la actualidad supone hacerlo bajo la adversidad y la precariedad, por ello parece increíble que sigan saliendo propuestas tan interesantes y de calidad en estos años anteriores y actualmente.

Eva en el tren en Madrid. A veces me entra tristeza, otras rebelión (2026). estrellamillansanjuan.es

A veces me entra tristeza, otras veces rebelión viene del reciente Festival de Venecia donde se le ha otorgado el premio a la Mejor dirección en la sección Giornate degli Autore. Un trabajo surgido casi de casualidad por el paso de la directora por Madrid tras una beca de investigación en el Museo Nacional Reina Sofía y su estancia en la residencia Joaquim Jordà. Aparicio se encontraba escribiendo otra película cuando se topó con la posibilidad de rodar en los espacios tan singulares del museo que no casaban bien con su idea inicial. Esta oportunidad hizo brotar el giro rápido y espontáneo a un cambio de guion que se materializa en esta gran película.

La presencia cercana a Madrid de los dos protagonistas y “el desánimo argentino” en palabras de la directora, también provocó que parte de su equipo técnico habitual se arriesgara a completar un proyecto de frágil comienzo, escasa financiación y final en buen puerto también gracias a la ayuda de la coproducción española.

Uno de los personajes centrales es la editora, también directora de cine (Eva Bianco), que viene de un festival en Francia a la que le apetece establecerse unas semanas en Madrid. Se llama Eva Carrasco y es la prolongación del personaje de la anterior película Las cosas indefinidas (2023); aquella profesora universitaria y editora que abre con un bello prólogo sobre el significado del cine como contenedor histórico de archivos e imágenes espectrales o de sombra dotadas de una potente fuerza de retorno al mundo del pasado. Mirar hacia lo pretérito no debería conllevar la manipulación de los archivos, porque se estaría negando la historia y se anularían las preguntas surgidas en ese presente.

Eva a su llegada a Madrid con abrigo rojo. A veces me entra tristeza, otras rebelión (2026). estrellamillansanjuan.es

En la actualidad, Eva pasa por Madrid alejada de todo, se le percibe un momento vital estancado, que parece no arrancar como cuando sobrevino el fallecimiento del director con el que colaboraba asiduamente en la anterior película. No sabemos quién es, pero sí advertimos su deseo de tranquilidad aun en el desarraigo de una gran ciudad que apenas conoce y que transita cada día.

En uno de esos paseos y visitas culturales se encuentra en el Museo Reina Sofía con Dante (excelente y veraz el crítico de cine, Roger Koza), un historiador argentino que investiga fervientemente sobre el español Juan Bialet Massé, radicado en Argentina, que registró la precariedad de las condiciones laborales de las clases obreras argentinas para concluir en un informe de 1904, precursor del derecho laboral de comienzos del siglo XX.

María Aparicio esquiva el tópico “chica conoce chico” de forma notoria, acudiendo a silencios –uno de los grandes aciertos en su cine es filmar lo que se intuye y se deduce de ellos– y a lo orgánico del museo donde se produce el encuentro. Resultan especialmente agradables la mesa de trabajo de Dante acompañado de tanta bibliografía (donde hay un guiño al libro de Germaine Dulac), el contraste del rojo del abrigo de Eva con los cuadros y fotos de la exposición que observa o los espacios diáfanos y solitarios. La escena de la persecución con los ruidos de las pisadas que siguen se vuelve muy sensorial, convirtiendo al museo en un microcosmos contemporáneo y a la vez intemporal para propiciar esa conexión entre dos personas introspectivas y algo taciturnas.

La propuesta plástica de la película conforma uno de los grandes atractivos de A veces me entra tristeza, otras veces rebelión. Su estética radica en una cuidada fotografía, en la capacidad de composición de planos sencillos e iluminados con acierto. Aprovecha muy bien los espacios interiores que parecen abrazar a los protagonistas (la gran biblioteca a espaldas de Eva o los marcos de ventanales, por ejemplo). Los exteriores de un Madrid poco reconocible con los picados de ellos a lo lejos paseando otorgándoles intimidad, acompañados de notas de piano sobre imágenes de árboles o las proyecciones de sombras en barrios anónimos, hablan de la universalidad del relato.

Eva en la biblioteca. A veces me entra tristeza, otras rebelión (2026). estrellamillansanjuan.es

La relación entre los dos va in crescendo conforme se interesan por el oficio del otro y los diálogos sobre la investigación de Dante, un personaje muy centrado en su tesis y quizá necesitado de abrir perspectivas no sólo en cuanto a relaciones personales. La conversación en un viaje por Cataluña para ver los orígenes de Bialet Massé, les lleva a un punto de inflexión inesperado.

Eva ha evolucionado respecto a su discurso de apertura en la anterior Las cosas indefinidas. Tiene muchas dudas sobre lo que hace. La película vira claramente a lo político. A hacerse preguntas necesarias. La conexión de Eva y Dante alcanza un punto de disonancia cuando ella le impela a mirar no tanto el pasado, sino al presente. Los dos sentados tranquilamente difieren en su forma de establecer un diagnóstico de la deriva sociopolítica del mundo o cómo abordarla. A Eva le interesan los registros del pasado como defendía en la universidad, pero ahora prefiere detenerse en su entorno. Actuar en el hoy, deshacerse de la mirada académica encapsulada en una burbuja y registrar que está ocurriendo más que qué ocurrió. Reunir sentimientos colectivos que lleven de la indignación al cambio.

La separación física de la pareja trae sus consecuencias. Es ahí donde la película sufre una mutación en su naturaleza hacia lo documental, lo activista; se reactiva de forma sorpresiva para armarse de forma nada panfletaria con una dimensión y conciencia políticas más evidentes. El cine visto como motor social, como indagador entre tantas personas entrevistadas que centran la atención hacia colectivos que conforman ahora una nueva clase obrera.

Al igual que otra película reciente argentina relacionada con ésta, La noche está marchándose ya (2025) de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini con producción de Gong Cine Argentina, ésta también ejerce de testigo de la dificultad que atraviesa la sociedad argentina y el cine con el gobierno de Milei. Directores estrechamente vinculados con María Aparicio en tareas en este caso de fotografía, edición y producción que operan en Córdoba de forma similar a El Pampero Cine de Buenos Aires.

¿El cine puede cambiar el mundo? Difícilmente, pero sí puede ejercer el derecho a seguir rodando en condiciones realmente precarias, a defender la cultura, lo divergente en un entorno nada proclive como un ejercicio de resistencia. María Aparicio comenta que le gustaría colaborar hasta donde pueda con su cine para poder seguir haciéndonos preguntas más profundas.

Un registro del hoy con ecos para el futuro.

Eva y Dante paseando por Madrid. A veces me entra tristeza, otras rebelión (2026). estrellamillansanjuan.es

Póster de A veces me entra tristeza, otras rebelión (2026). estrellamillansanjuan.es

 

Estrella Millán Sanjuán.

estrellamillansanjuan.es

 

Deja un comentario

Comparte este artículo!!!