VANINA (1922). La exaltación entre la revolución y el Kammerspielfilm
La reclusión del amor imposible y fugaz. Vanina.
Vanina (1922) fue dirigida por Arthur von Gerlach partiendo de relato de Stendhal denominado Vanina Vanini, adaptado libremente por Carl Mayer, figura importante vinculada al expresionismo alemán de Robert Wiene y Murnau en sus mejores obras. Con esta obra nos encontramos ante uno de los trabajos más apasionantes del cine alemán que contó con grandes intérpretes como Asta Nielsen, llegada como estrella absoluta al cine de ese país después de brillar en su país de origen, Dinamarca, con películas dirigidas por Urban Gad como Afgrunden (1910) que la colocaron como la actriz mejor pagada de esos años. La presencia del gran Paul Wegener (El estudiante de Praga, 1913) daba la réplica necesaria para afrontar la energía de la enorme y pasional actriz.
La copia proyectada en 2024 durante el Festival de cine mudo de Pordenone surge de una versión reconstruida. Esta versión es una combinación de un positivo en blanco y negro de la Cinémathèque Royale de Belgique y un positivo en color de la primera parte de la Cinémathèque Française. Ese colorido puede apreciarse de forma fabulosa en la parte en que arde la ciudad de Roma en escenas nocturnas muy bien construidas con sus decorados. Los textos actuales que preceden a la película restaurada hablan del estreno general en los cines alemanes el 6 de octubre de 1922, recibiendo además el título adicional de Die Galgenhochzeit (La boda en la horca). Asimismo se nos informa de que todavía faltan unos 100 metros de la longitud de la versión del estreno alemán (que era de 1.550 metros), lo que equivale a casi cinco minutos. La restauración de Vanina es un proyecto conjunto de la Cinémathèque Royale de Belgique, el Filmmuseum München y el Danish Film Institute. Un dato importante que aporta esta información inicial es que el crítico Béla Balázs escribió en su tiempo que el éxito del director fue debido a su capacidad de «dramatizar cada interioridad de los sentimientos en escenas de tormenta visibles».


Vanina posee la esencia del Kammerspielfim, movimiento paralelo y algo eclipsado por el expresionismo alemán surgidos en el período de entreguerras durante la República de Weimar, caracterizados por un pesimismo y estado sombrío que auguraba lo peor y que se tradujo en una fractura y aislamiento del país, el cual repercutió en las artes de forma contundente. Pero el Kammerspelfilm no es igual en su estética, ni concepción al expresionismo, sino que procedía del teatro ligado a Max Reindhart, conduciéndose hacia un naturalismo oscuro y sucio que refleja la opresión y estado psicológico del individuo entre escenarios más realistas, sencillos e íntimos; muy distintos a los distorsionados y de líneas imposibles del expresionismo, que reflejaban la irrealidad, lo onírico y lo subjetivo exaltado de sus moradores entre historias más terroríficas o fantásticas.
El relato de Stendhal publicado luego en Crónicas italianas vio otra adaptación en 1961 dirigida por Rossellini más fiel a la obra original y de aire más clásico. La historia está contextualizada en 1823 tocando el tema de los ‘carbonarios’ (revolucionarios) durante una insurrección de una Roma en llamas asaltando el castillo de una aristócrata que se enamora irremediablemente del cabecilla Octavio, cuando se encuentran en una estancia a solas. El gobernador, tirano y cruel con su pueblo, causa una crispación insostenible y un odio hacia el poder que desemboca en una rebelión sin marcha atrás.

Asta Nielsen, siempre bien iluminada en la película.

Contraste entre la iluminación del padre y la hija. Magnífico plano.
En la revista Cinéa de 1922 un crítico habla maravillas de Vanina con palabras como: «La película nos pareció de una potencia trágica y lírica singular, que arrastraba la acción hacia su desenlace a la manera de un torrente impetuoso». Respecto al argumento continuaba:
«El palacio es invadido de improviso, en el momento de una velada de baile. El joven jefe de los insurgentes, en el desorden del pánico que provocan sus partidarios, se encuentra con Vanina, la hija del gobernador. No la matará, porque ella es hermosa. Y en el segundo en que vacila, un sentimiento tierno nace en el fondo de su corazón. Un largo beso sella el acuerdo secreto.
Pero el movimiento insurreccional es sofocado; los invasores son rechazados por la guardia del palacio. Se lleva ante el gobernador a un prisionero de alto rango. Es el joven jefe al que Vanina ha entregado su corazón. Él va a ser castigado y sólo la muerte puede castigar su traición, pero Vanina se interpone. El joven no es un insurgente. Es su prometido. Ella reclama su libertad. El gobernador finge someterse y aceptar a este yerno imprevisto. Incluso consiente en celebrar el matrimonio de inmediato. Sin embargo, se impone una condición: el jefe entregará los planes de la conjura».
Por su parte, en Alemania en la revista Der Kinematograph, la crítica la ensalza también considerándola «una balada cinematográfica» destacando su calidad artística con las siguientes y merecidas palabras: «Lo que ha separado al cine alemán de la atmósfera de la industria para dirigirlo hacia el puro ámbito del verdadero arte, se siente aquí de nuevo». En cuanto al guion conseguido por Carl Mayer, el crítico escribe de forma apasionada con la siguiente opinión: «Este manuscrito fluye verdaderamente como en sangre y embriaguez, sumergido en el púrpura de una pasión comprimida, de un romanticismo pesado».

Crítica en CINÉA de Vanina.

Crítica de Vanina en Der Kinematograph.

«Una joven marca, de la que conozco las loables intenciones y que merece nuestra cordial simpatía, Ultra-Film, nos anuncia una película que no puede dejar de provocar una gran emoción, tanto en los medios cinematográficos siempre a la caza de fórmulas nuevas, como en el público definitivamente harto de las tonterías sentimentales con las que se le ha colmado durante demasiado tiempo». Edmond Epardaud. (Observamos al final del artículo una equivocación de la procedencia de Asta Nielsen, que cree que es sueca y no danesa).
Vayamos a los aciertos formales de Vanina. Comentado con anterioridad su inclusión en el Kammerspielfilm, la dirección artística a cargo del prestigioso Walter Reitmann (artista responsable de títulos como El gabinete del Dr. Caligari o Algol) se centra en ofrecer un relato anclado en la sensación y atmósfera de enclaustramiento de la alta sociedad que es pillada desprevenida mientras están de fiesta en palacio. La revuelta de los revolucionarios sorprende a todos y las estancias los oprime en el asalto entre luces y sombras a pesar de su gran tamaño y techos altos, empequeñeciéndolas con un juego de luces tenue excelente a cargo de Frederik Fuglsang y Willy Gaebel, que aportan tenebrismo a todo el metraje.
Cuando sale en plano la magnífica Asta Nielsen, a pesar de que su sola presencia impone, la luz sobre ella subraya su fuerza y nobleza vestida de blanco que contrasta con la oscuridad moral de su padre, reflejándole siempre con una luz más débil que agrava su ambición y falta de escrúpulos. Su traje oscuro y forma de andar provisto de unas muletas, complementan su personaje con aura extraña y malévola. Cuando entra en una estancia terriblemente enfadado por la boda de su hija con el revolucionario que impide su ejecución, las paredes claras ensalzan su figura negra que casi no puede andar por la parálisis de una pierna y la gran lámpara de araña parece cernirse sobre él en su estado crítico y sin salida.
En los interiores, la magnitud de las salas del decorado permite ubicar la cámara lejos reflejando muchas veces la profundidad de campo en escenas de la boda nocturna, bailes de la aristocracia tras puertas enormes o las que enfocan al padre que se desplaza pavorosamente con sus muletas permitiendo varias capas en la misma escena. También vemos ese esfuerzo por la profundidad de campo en exteriores muy bien realizados de calles estrechas con la iluminación al fondo o más enfatizadas en la entrada de la hija por pasadizos estrechos y lúgubres a las mazmorras donde está su recién marido encadenado.

Vanina de blanco preparándose para la fugaz boda con Octavio.

Escena impactante del gobernador en su despacho con sus muletas destacando sobre fondo claro.

Profundidad de campo en la escena de la boda.

Profundidad de campo en la entrada de Vanina a la mazmorra buscando encontrarse con Octavio.
Los exteriores merecen atención de la misma forma. La escasas partes a color resultan muy remarcables en esa ciudad nocturna en llamas por el asalto, con decorados como los campanarios de la misma o escenas paralelas de disparos y detonaciones mientras ocurre la boda con un sacerdote imponente (el actor Bernhard Goetzke, conocido por La muerte cansada) que otorga a la escena una severidad y solemnidad oscuras y nada esperanzadoras. Hay también decorados del exterior del palacio a la llegada en carruaje del sacerdote escoltado por cañones de la guardia, así como de persecución y huida entre edificios con enormes columnatas disimulados entre el humos de los disparos y un cierre del plano.
De entre lo más destacable de la película tenemos a la rivalidad de la relación padre-hija, magistralmente interpretados por Asta Nielsen y Paul Wegener, más naturalista la primera y más exaltado el segundo en lo que imagino un duelo de dos personas con carácter durante el rodaje. El papel femenino brilla por su entereza y capacidad de rebeldía ante el autoritarismo de su padre, enfrentándose aun con miedo a él por amor al cabecilla de la insurrección. Personaje de mujer libre, dotado de mucha fuerza y determinación nada parecido a damiselas en apuros o apocados del melodrama que le iba como anillo al dedo a Nielsen que, sin embargo, termina de forma atroz.
El espacio exterior con su fuego y luchas contra la guardia oprimen cada vez más ese amor imposible entre paredes detonando la venganza que fulminará cualquier conato de libertad. La escena final culmina el drama entre los espacios más sórdidos del palacio con la interpretación desgarrada de Vanina, anulada y pisoteada por su padre, villano de la historia que antepone el poder a la familia. Un duelo encarnado de la vulnerabilidad humana ante el poder absoluto del sistema y la traición.
La mirada intensa de Nielsen, la rigidez y pavor del gesto pétreo y colérico de Wegener se funden en este relato psicológico y oscuro sobresaliente que, una vez más, colocan al cine mudo en un lugar elevado, capaz de contar mucho más allá del teatro alojado en sus claroscuros, en una puesta en escena elocuente como la que necesita esta historia dramática y cruel.




El gobernador (Paul Wegener) con su rostro colérico y actitud pétrea.






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Estrella Millán Sanjuán.
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