La resistencia búlgara. Cuando éramos jóvenes.
Toparme con Cuando éramos jóvenes (We were young) y esta directora ha sido un sorpresivo y agradable descubrimiento. Siempre me he interesado por investigar mujeres dedicadas al cine (en cualquiera de sus facetas) menos conocidas por múltiples razones.
Es público y notorio que muchas fueron silenciadas en la historia a pesar de su relevancia en su tiempo y otras que, por su pertenencia al “otro lado” político, en nuestro país no fueron difundidas. Me ha ocurrido con muchas directoras soviéticas, invisibles para nuestra cultura, también de países satélites de la URSS, de las que destaco por la excelente impresión que me causó hace años, la ucraniana Larisa Sheptiko o la húngara Márta Mészáros a las que se unen Wanda Jakubowska, Irena Kamienska o Drahomíra Vihanová. Podría enumerarlas a casi todas (en otras entradas sí lo he hecho), pero hoy prefiero centrarme en la figura de Binka Zhelyazkova, nacida en Bulgaria en 1923 y fallecida en 2011, primera directora en su país y de las escasas que dirigían en la década de los cincuenta y sesenta. Antes desconocida para mí (no sé si para todos los que me estáis leyendo) y, gracias al empeño de algunas plataformas en enriquecer sus contenidos con cine poco accesible, puedo emprender una inmersión en su cine (al menos el que he encontrado) al no vivir en un entorno que facilite propuestas alternativas. Un estupendo ejemplo es la película ambientada en cárceles femeninas como La última palabra, también dirigida por la directora búlgara, con marcado acento de resistencia femenina desde el enclaustramiento.
Leo que empezó su primer trabajo con su marido, Hristo Ganev –que le provocó la prohibición de esa película por su crítica política y una posterior relación de vigilancia y dificultades con el régimen–, para pasar en solitario después. Su interés por las libertades la llevaron a ser miembro activo del movimiento juvenil antifascista durante la II Guerra Mundial, hecho que entronca directamente con el espíritu de esta película que voy a comentar, ambientada en la Bulgaria ocupada por el ejército nazi, en la que un grupo de jóvenes dirigidos por alguien más maduro trata de ejercer una resistencia con misiones encaminadas a dificultar esa invasión. También he podido ver otra película posterior, con un tono muy distinto, dirigido hacia la comedia satírica (El globo atado, 1967), en la que un globo de bombardeo se posa sobre suelo búlgaro y desencadena infinitas especulaciones y reacciones entre sus habitantes.

Centrándome en Cuando éramos jóvenes (ganadora de numerosos premios), me ha sorprendido la calidad de la copia, estando en muy buen estado, evidenciando más nítidamente las virtudes fotográficas de la misma. Lo primero que llama la atención es que no se trata de una película hecha con un gran presupuesto, pero los recursos con los que cuenta les sacan muy buen rendimiento, con un uso de una grúa (que aparece ya en la primera y seca escena) que aporta mucha fluidez en los numerosos planos secuencia, así como en varios momentos más en que se enfatiza el tono dramático, pero ligado a una carga poética elevada, a menudo con picados en momentos álgidos.
Los espacios interiores donde se refugia esa pequeña comunidad resistente –con deseo de ser futuros y activos partisanos– también están muy bien planteados, por medio de travelling cortos, pero eficaces, así como una puesta en escena que reúne primeros planos que expresan la tensión con la que viven en clandestinidad debido a la rigurosa vigilancia y los toques de queda cada noche con un montaje paralelo bien interrelacionado que aporta dinamismo. En esa casa medio en ruinas se reúnen jóvenes con ganas de cambiar el mundo con el entusiasmo propio de la edad y unos ideales que aportan algo de luz entre una ciudad, Sofía, al borde del colapso en planos muy descriptivos de su debacle arquitectónica y social.
Los planos exteriores reflejan perfectamente con sus habitantes una población sumida en la miseria, muros derribados, hogares destruidos con techos amenazantes a medio derruir, niños harapientos en la calle jugando a ser soldados con un futuro borroso e incierto.
Mujeres mayores con sus pañuelos que llevan una cacerola por la calle, soldados a caballo que vigilan las calles en penumbra con el toque de queda, partisanos escondidos y otros perseguidos con disparos hasta morir en angustiantes planos subjetivos de persecución intercalados con militares nazis que se pavonean por las calles o algún restaurante de una ciudad saqueada y casi agonizante (tiene algo de vida cultural y callejera), tratando de convivir con esa nueva situación.

Primer plano de la protagonista.

La directora tiene una característica que la diferencia de otros que han reflejado historias en la II GM y es que, entre tanta adversidad y persecución política que se intuye en fuera de campo, inserta episodios más luminosos y con carga jovial proveniente de alguien con gran sensibilidad. Los jóvenes activistas preparan sus misiones creando folletos antifascistas para difundirlos en un teatro, o intentan crear una bomba en una cartera destinada para los nazis, pero Zhelyazkova eleva el tono poético mediante escenas como la del ballet en la ópera con música de Claude Debussy con esa luna que se refleja en el suelo y que distrae al chico en un momento romántico hacia su camarada, de la que se está enamorando. O aquel de ese mismo chico corriendo y gritando por las calles con su vecina con discapacidad que se desplaza con una ‘handbike’ rudimentaria por las cuestas de Sofía, el cual estará relacionado con un suceso dramático posterior. Existe una dualidad de momentos en todo el metraje, el nacimiento del amor entre las sombras, la esperanza del cambio, la energía de las nuevas generaciones…Confluyendo en un clima cada vez más amargo y oscuro, con el fuego como protagonista, realista e implacable. La directora mezcla amor (o lo que podría ser) y horror que va in crescendo en tensión a medida que las misiones van cobrando dificultad y el cerco se va cerrando alrededor de estos soñadores.
Agrada encontrar formas visuales muy sugerentes como el juego de luces y de sombras que utiliza en tres ocasiones, creando metonimias visuales con esas dos linternas de la pareja que se reflejan en el suelo, se alejan, se acercan, se funden, descubren espacios en las fachadas y se apagan con la llegada de la policía. Movimientos nocturnos en la clandestinidad que volverán a repetirse en el epílogo de la película con otro significado después de un terrible suceso. A destacar también el alejamiento de la cámara progresivo de la chica en su terraza, que pasa de enfocarla a ella a abrirse en un gran plano general para descubrirnos la ciudad de Sofía asolada, casi en penumbra con un mañana desmoronado. Y una de las escenas que más sugerente me parecen es el episodio en un bosque con un aura especial, alejado de la ciudad, lugar de encuentro de dos partisanos, por el clima de desconfianza hacia uno de ellos y la tensión de la chica. El entorno ciego, la arquitectura de los troncos alineados aportan presión y angustia que me llevaron casi sin darme cuenta a la escena de La infancia de Iván de Andréi Tarkovski, realizada un año después, siendo muy parecida, aunque con un tono diferente.

Escenas en la ópera.

Desconfianza en el bosque.
Gran película, una joya desconcertante debido a la fusión de poesía, vitalidad y desastre, que pone el foco en este grupo de jóvenes combativos con los medios a su alcance, que se pone de parte de ellos, humanizándolos, exponiendo sus luces y sombras, su lucha, por ínfima que sea. Trabajo de una directora bastante interesante, dotada de una asombrosa puesta en escena y un sentido estético a valorar, provista de una capacidad expresiva fabulosa.

La pareja viendo la ciudad asolada por la guerra.

Escena final de represión a los partisanos.

Escena final que sirve de inspiración para el cartel.
Estrella Millán Sanjuán.
estrellamillansanjuan.es