Dry Leaf. Alexander Koberidze. estrellamillansanjuan.es

DRY LEAF (2025) de Alexandre Koberidze

La melancolía en la búsqueda. Dry Leaf.

Hay esperas que se hacen más largas que otras y la de Dry Leaf era una de ellas. La anterior y premiada propuesta del director georgiano Koberidze ¿Qué vemos cuando miramos al cielo? (2022) nos dejó un poso tan grato y dulce que hemos acudido más de una vez para paladearla de nuevo en estos años de regreso de su nuevo proyecto. Y por fin llegó su estreno mundial en el Festival de Locarno, donde Dry Leaf (Hoja seca), su tercer largometraje, se ha llevado una Mención especial y el FIPRESCI para casa.

“Es un desafío para la pantalla pequeña”, me comentaba el director cuando le expresé que estaba disponible en mi plataforma de festivales y que deseaba verla. Lo asumí, nadie va a saber más que él la idoneidad de hacerlo en una sala de cine, pero su estreno no me ofrece garantía en un corto o medio plazo en nuestro país o donde yo vivo. Y el peso que representa Koberidze en el panorama del cine actual me empujaba a hacerlo lo más rápido posible.

Qué sorpresa fue escuchar en boca del director en una entrevista realizada en el marco del Festival de Locarno, que la novela Platero y yo (1914), del premio nobel Juan Ramón Jiménez, ha servido de gran inspiración para Dry Leaf. Su descubrimiento, según me cuenta, hace siete años, le dejó tanta huella que se quedó «enamorado de ella». Y fue tanto la influencia del emblemático libro del escritor español que Alexandre se lo entregó a su hermano Giorgi Koberidze para su lectura también y así componer una banda sonora como si estuviera destinada para esa obra universal. De ahí que surja una conexión íntima entre la literatura modernista de hace más de cien años, cuya subjetividad sobre la belleza de la naturaleza, reflexiones sobre la vida y la muerte o la nostalgia que desprende, hallan un digno traspaso de la prosa poética a la musicalidad pictórica del cine georgiano.

Cartel Dry Leaf. Alexander Koberidze. estrellamillansanjuan.es

Tal como propuso en su ópera prima Let The Summer Never Come Again (2017), en esta última película apuesta por esa textura visual “molesta” realizada con un móvil antiguo. Decisión que toma con absoluta libertad desafiando leyes no escritas sobre la alta definición en el cine contemporáneo, acudiendo a una baja resolución que remite a un impresionismo del s. XXI difícil de absorber. De esta forma, nos hallamos ante un grueso pixelado dotado de “ruido” digital que asemeja pinceladas pictóricas cinematográficas, que filtran la subjetividad del autor acerca de la luz de esos parajes naturales de Georgia, los contornos indefinidos de los elementos naturales, los animales y construcciones campestres, adoptando formas visuales que obligan a reeducar nuestra mirada. Una mirada acostumbrada a asociar contenido y continente de una determinada forma a los que Koberidze da la vuelta obligando a ver más allá de los patrones visuales convencionales. A intentar traspasar esa línea fácil de lo evidente y más habitual en el cine, aunque no sin esfuerzo y algo de cansancio por nuestra parte en esta película de gran metraje. Eso sí, invitaciones desobedientes y valientes como ésta  le reafirman como uno de los autores más sugerentes hoy en día y que entroncan con el cine experimental de antaño que jugaba con las imágenes huyendo de lo acostumbrado para establecer un diálogo más directo con los espectadores. Un acto creativo que se basa en la repetición formal una y otra vez tratando de extraer lecturas diferentes a cada desenfoque, cada contorno difuso o acercamiento con zoom a un elemento de la composición del plano.

Para el cineasta, Dry Leaf ha representado el mayor desafío en su carrera y lo hace por varias razones. La primera fue la cantidad de material grabado durante varios años por zonas rurales de su país (algún verano volvían a los mismos enclaves), lo que obligó a un proceso de edición arduo y dilatado en casa complicado de tejer y de desprenderse de parte de lo rodado. La segunda fue dotar del hondo sentimiento que pretendía a lo grabado y para ello la música de su hermano destaca por ser uno de los grandes pilares junto a los sonidos de la naturaleza.

La conjunción de lo percibido por el oído y la vista forman un corpus bastante interesante que reproduce la sensación de incertidumbre de ese padre, Irakli, que parte en búsqueda de su hija desaparecida. Una fotógrafa que se adentra en la Georgia más rural para un reportaje de campos de fútbol en proceso de extinción. Por último, otra de las razones fue la certeza de ser uno de los trabajos más intuitivos que ha hecho. Provisto de una planificación básica, el proceso de rodaje se caracterizó por su total apertura, por encontrar sitios que no habían planteado con anterioridad,  viajando en coche erráticamente tal como lo hace ese padre indeciso en la ficción.

Irakli buscando a su hija por la zona rural de Georgia. Dry Leaf. Alexander Koberidze. estrellamillansanjuan.es

Irakli buscando a su hija por la zona rural de Georgia.

Koberidze traza una historia íntima, familiar, (también en su proceso real al ser protagonizada por su padre, David) que parte hacia la nada en lo que viene a ser un viaje abierto, sin rumbo, casi desesperado, con cimientos en este relato intergeneracional y de autoconocimiento. Con la sola “compañía” de Levan, un amigo de su hija Lisa, asistimos a un despliegue de planos secuencia largos, fijos la mayoría, sello del autor que abandona los suyos característicos urbanos tan descriptivos para ofrecer una Georgia rural y más profunda poblada de personajes pintorescos que van cruzándose con el protagonista. Si uno de los fuertes de su cine es no temer a entrelazar historias tangenciales a la principal, en Dry Leaf lo plantea de otra forma. No se abandona la que vertebra el relato, sino que los submundos que surgen del encuentro con otras personas tienen como eje al progenitor, que va enriqueciéndose con cada episodio mientras busca y pregunta por Lisa en los pueblos que visita.

Me siento segura al poder descodificar de nuevo los aspectos formales de este cine que puede desconcertar en un primer encontronazo. Sus constantes como la detención intemporal en una hoja seca en el suelo, los perros y gatos que abundan en su cine y que tanto reconfortan, la serenidad de sus escenas, los vericuetos narrativos instalados en la naturaleza que parecen no tener fin, lo circunscriben en ese cine contemplativo, sin prisas, que tanto atrapa. Cine con reminiscencias a Kiarostami, tanto estéticas como conceptuales, en esas carreteras perdidas por las que se desarrolla esta ‘road movie’ georgiana. Un cine sin querencia por el corte en la sala de montaje que mutile la esencia de escenas largas como el “simple” viento meciendo unos árboles, los atardeceres, las frutas con pulso pictórico en un plato, el campo, los burros, terneras y arbustos que han colonizado antiguos campos de fútbol para hacerlos suyos de nuevo…

Gatos en el cine de Alexander Koberidze. Dry Leaf. Alexander Koberidze. estrellamillansanjuan.es

Toda una sensación visual bajo una apariencia plástica difuminada que habla de paso del tiempo, de melancolía en las conversaciones, de vacío en cada personaje invisible que “aparece” en alguna escena, dotando de ese misterio tan Koberidze. Como esa chica que aparece de la nada en su gran corto Colophon y que se incorpora a la vida de un patrón de barco por el río.

Este tipo de personas invisibles multiplican la riqueza de la imagen, las cargan de contenido desatando nuestras pesquisas. Personajes que tienen su origen en trabajos en sus estudios en la Escuela de Cine de Berlín, que le acompañarán siempre y que, a pesar de que puedan albergar metáforas que no desea, las deja abiertas para la interpretación del público con el que le encanta establecer una comunicación.

A Koberidze le gusta fabular, plantear historia narradas con voz en off. Ésta ofrece más introspección que las precedentes, se repliega con una mirada más intimista a la que ayuda una producción más “pequeña” que otras anteriores. Se aprecia cercanía, lazos estrechos con su familia, exhala nostalgia por lo perdido, por el pasado, emoción contenida, al que dan forma los paisajes y campos de fútbol alegóricamente (aunque es un deporte que le apasiona y que estuvo muy presente en ¿Qué vemos cuando miramos al cielo?).

El director georgiano escribe con caligrafía en ‘sotto voce’ esta historia de autoconocimiento, de crecimiento, de la pérdida, de cura personal durante un viaje pausado, con paradas para la reflexión, el respeto del tiempo y el espacio del otro.

Campo de fúbol en desuso. Dry Leaf. Alexander Koberidze. estrellamillansanjuan.es

 

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Estrella Millán Sanjuán

estrellamillansanjuan.es

 

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