GALLEGA INVERNAL (2025). Lucía Seles, el frío y sus tormentas
El singular homenaje de Lucía Seles a Galicia. Gallega invernal.
Gallega invernal surge de un viaje en 2024 de la directora argentina Lucía Seles por España, constituyendo lo que ella llama películas «no centrales». Se ha presentado el 9 de enero de nuevo en la Filmoteca de Galicia, después del ciclo que organizaron a finales de noviembre en el que estuvo presente mientras actualmente rueda por España y Portugal. Desde Andalucía (de la que saldrá otra película) se traslada a Galicia buscando su frío y sus tormentas. Ya estuvo allí en 2021 y desde entonces quiso volver al mismo lugar que la enamoró. Si buscamos un homenaje al uso de las tierras gallegas nos hemos equivocado.
Seles, como siempre, camina por sus derroteros independientes y ofrece una Galicia (en este caso de A Coruña y alguna otra ciudad) donde no hay mar, acantilados, lluvia, ni bosques. Sí, es su particular visión de una de las regiones más bellas de España. Para ella, como en todo su cine, los lugares más pintorescos y susceptibles de aparecer en su videos (nunca habla de películas) son las ciudades. Y su sentido de la belleza no está en la naturaleza y sus misterios, ni en la arquitectura centenaria, ni en el sentido general de lo que consideramos bello.
Más bien siente atracción por elementos que a los demás no nos llamarían la atención jamás o incluso calificamos de feos. Seles convierte el «feísmo» y lo gris de las ciudades en algo reseñable, humano e idiosincrásico.
Su ecosistema es el urbano y, cuanto más anónimo y de barrio, mejor. Lo que podemos observar de A Coruña es un reducto limitado en torno a las cafeterías que devienen su hogar (en Argentina, confiterías). Después de un tiempo de indecisión, vio que la cafetería Manhattan sería el epicentro o centro neurálgico de su pasión por Galicia, su gente, su cultura y paisaje.
La ubicación aislada en una rotonda y lo circundante de su paseo la hacen más atractiva. Desde ahí observa un mundo gallego universal, que bien podría pertenecer a Buenos Aires o cualquier otra ciudad de otro país. A Seles le interesan las personas, las costumbres, detalles como la ropa, las expresiones y desplazamientos por el espacio. Nunca interactúa con ninguna, quedando en fuera de campo esa parte que imaginamos ocurrirá alguna vez dejándonos con la incógnita. Apenas salen monumentos o calles emblemáticas de la ciudad.
Imposible que Seles ofrezca una ciudad mil veces reflejada en libros, postales o guías. Ese barrio, el hotel donde se aloja, la frialdad de las estaciones de autobuses (aquí abandona el término «colectivos»), el estadio de Riazor y su bar es el microcosmos que la hace feliz. También lo consiguen los camareros que la atienden de forma profesional a los que termina conociendo por su nombre y por sus numerosas visitas (hasta tres al día) a la Manhattan. Son motivo de alegría o decepción según la traten.

Cafetería Manhattan. A Coruña. Plaza de Pontevedra.
Así es Seles y ya nos movemos como pez en el agua en sus espacios llenos de gente a la que adora desde la distancia, a la que observa con una cámara oculta de alguna forma en la mesa donde desayuna o merienda, para captar la esencia de la normalidad a la que ella adereza con sus conocidos rótulos. Esa información escrita que en el primer acercamiento a su cine impacta tanto y que ahora leemos del tirón aunque constituya un neolenguaje que ha inventado.
No hay voz en off, los pensamientos que se dan paralelos a lo visual están escritos a su forma. Pero en Gallega invernal vemos una novedad en los insertos que acompañan la traducción al gallego a modo de acercamiento a una tierra que la ha conquistado, llegando hasta a definirse como gallega.
Lucía Seles ofrece una vez más un cine antiacadémico que se salta a la torera cualquier regla narrativa visual o argumental. En Gallega invernal no hay una vocación de definirse como documental, no hay una historia que avance, porque camina sola. Existen novedades respecto a otras y es que ésta se vuelve muy personal. Puede ser una de sus películas más estáticas debido al planteamiento de puesta en escena obligada por la forma oculta de grabar, unida a una lectura más intimista.
Asistimos a una desconcertante inexistencia de su cine habitual coral y verborreico. No encontraremos los diálogos de sus habitantes asincopados, repetitivos y del absurdo . Sí hallamos sus «clásicos» saltos de eje, planos aberrantes, sus cortes abruptos, en este caso pasando de planos dentro de la cafetería trenzados con otros subjetivos, de autobuses, zapaterías, maquinaria, una actuación de un grupo de muñeiras o el público en un partido de fútbol. Abundan muchos planos libérrimos y en primera persona cámara en mano por las calles (pocas) que compensan el estatismo de los de la cafetería para aportar más nervio. Sí, la protagonista es ella a su forma.
Nunca la vemos, pero sí apreciamos su mirada que escudriña a los clientes de la cafetería Manhattan. Reproduciendo a su antojo sus conversaciones, observando su soledad, amistad o continuo paso de personas en las mesas.


Seles, con la obsesión que confiesa, se propone pasar por sus trece mesas y hace una oda con sentido del humor a los trece tickets personalizados de cada una y a la visión norte, sur u oeste de su puesta en escena escondida y anónima. Rueda la cafetería como una Claude Sautet gallega (cuya pasión les une) y caótica en sus posibilidades espaciales desde los reflejos del techo a sus ventanas y exteriores, así como sigue introduciendo pensamientos y críticas en sus textos a artistas, Francia o alguien que la mira mal.
La naturalidad y falta de filtros caracterizan su pensamiento y, por ello, también inserta un pequeño texto en las imágenes callejeras de Chantal Akerman, del suicidio, la muerte (ya lo hizo en otras como School privada Alfonsina Estorni) o de si Javier le comenta que su película es como Tardes de soledad. Pensamientos desordenados y deliberados que esparce casi de soslayo si no se está pendiente (cuesta muchas veces esfuerzo atender a todo), tal como presenta de forma casi fugaz el título y dirección en el minuto 28. Seles sabe que su cine no necesita una presentación clásica, pues su originalidad, desobediencia e inmersión en lo experimental la definen, siendo perfectamente identificable cuando ya se la conoce.
A pesar de que en un principio la película adolezca de una frialdad y distanciamiento por su vocación de observación a su forma de ese espacio urbano que a ella hace feliz, te va introduciendo poco a poco con la repetición de los clientes que, como ella, acuden a diario a la cafetería solos o acompañados. En especial se desata más la atención y emoción en un plano final más sostenido de una señora muy mayor cuya mirada, entre abstraída y melancólica mientras espera al camarero, te interpela imaginando qué pensará.
Ahí es donde Seles aprovecha para insertar lo que desea que se dijera de ella antes o después de morir sintiendo el fugaz paso del tiempo. A Seles le gusta estar rodeada de gente, formar parte de su anonimato. Adora el bullicio de la Manhattan, aunque también lo adorne con música melancólica en algún momento. Recorre circularmente su perímetro repetidas veces reafirmando su entidad como microcosmos humano. Adora la gente, sea de donde sea, observarla, cruzarse con ella. Por ello no soporta el silencio y ausencia de vida de la estación de Monforte de Lemos.
El cine de Seles siempre está poblado de personas y su especial idiosincrasia, aunque en este caso ninguna hable, ni escuchemos sus diálogos entre la comedia y el drama. En realidad es un homenaje también a la soledad buscada, al viaje interior se esté donde se esté. El diálogo es interno, imaginado, en la propuesta más minimalista y singular de la directora argentina.



Si te interesa su cine, puedes leer sobre The bewilderment of chile.
Película producida por Gong Argentina. Gonzalo García-Pelayo.
Estrella Millán sanjuán.
estrellamillansanjuan.es

