Márta Mészáros. El cine honesto y rebelde. LA MUCHACHA (1968)
Márta Mészáros. ELTÁVOZOTT NAP (La muchacha, The Girl, 1968).

(Actualizo este texto que escribí justo hace cinco años para otro sitio, pasándolo a mi blog con motivo de la proyección el 20 de julio de La muchacha dentro del ciclo temático Ye-Yé 2026, programado por Merli Marlowe, a través de LOST & FOUND en colaboración con el Festival de Cine de Gijón/Xixón. Un programa dedicado este año a la renovación de las cinematografías europeas de los años ’60 y que se pasará en la Antigua Escuela de Comercio de Gijón.)
Una biografía la de Márta Mészáros marcada por acontecimientos políticos
La directora y guionista Márta Mészáros (1931) cumplirá en septiembre 95 años. Su última película “Aurora borealis” se estrenó en 2017, lo cual pone de manifiesto su deseo permanente de contar historias, la gran mayoría con guiones escritos por ella. Pasión que vio la luz cuando ingresó en el VGIK de Moscú, por las dificultades y negativas que recibió en su país natal, Hungría, el día que decidió convertirse en directora. Cuenta en una entrevista muy actual en el periódico digital The Guardian, las reticencias y burlas que sufrió por ser mujer y muy joven ante un tribunal de admisión, episodio que refleja en la película Diario para mis amores (1987), segunda de su proyecto más personal, la tetralogía de recuerdos autobiográficos. También expresa su voluntad de seguir dirigiendo, lo cual revela su fortaleza y determinación a la hora de seguir ofreciendo un cine en el que las protagonistas son mujeres, en las que halla inspiración para regalarnos relatos sobre la heroicidad de lo cotidiano, de mujeres independientes que se encuentran en encrucijadas emocionales, que chocan con las convenciones y lo tradicional; mujeres que buscan la igualdad retratadas desde su psicología y comportamiento ante decisiones vitales.
Su vida ha estado marcada por episodios dramáticos, históricos y políticos desde la infancia. Su padre, el escultor László Mészáros, fue un comunista que tuvo que emigrar desde Budapest con su familia a Moscú en 1936 como refugiado político, por las presiones en Hungría durante la regencia de Miklós Horthy; pero en 1938 fue detenido y encarcelado en lo que se denominó la Gran Purga de Stalin o también llamado en Rusia el Gran Terror, una serie de persecuciones políticas que tuvieron como consecuencia su desaparición. Acontecimiento que daría un giro drástico a su vida y que causó un hondo sentimiento, constituyendo una motivación constante que reflejaría en muchas de sus películas, aumentado por el fallecimiento de su madre al poco tiempo.

Historia cotidiana (Minennapi Történet, 1955)

El arte de vender (As eladás müveszete, 1960)

Bóbita (1965)

Sa zîmbeasca toti copii (Que todos los niños sonrían, 1959)
Huérfana en un país que no era el suyo, la todavía niña Márta, afronta una situación difícil de sostener y no tiene más remedio que regresar a Budapest después de la II Guerra Mundial. Comienza en el ámbito documental con trabajos para noticiarios del país entre los que destaco Historia cotidiana (Minennapi Történet, 1955), sobre una abnegada enfermera o El arte de vender (As eladás müveszete, 1960) donde se alaban las bondades del comunismo frente al consumismo del capitalismo; así como tiene trabajos que ahondan en el dolor íntimo de su orfandad como en Sa zîmbeasca toti copii (Que todos los niños sonrían, 1959), donde aborda la vida y esperanza de niños en orfanatos, como en Bóbita (1965) con ese pequeño que se escapa del colegio y se siente ignorado en la ciudad.
Sus lamentables circunstancias personales la hacen madurar tempranamente y forjar un carácter fuerte y tenaz en su adolescencia, tal como observamos en Diario para mis hijos (1984). El descubrimiento y fascinación que le produjo el cine, atenuaron sus inseguridades y traumas, despertando su admiración por divas del cine como Greta Garbo, así como hallando en él la forma de vehicular esas ideas que ya plasmaba por escrito. Poco a poco se estaba gestando una personalidad valiente, rebelde y crítica con la presión política estalinista, que la conducirían a convertirse en la primera directora de un largometraje en Hungría en 1968, tras muchos años rodando cortometrajes. Sin duda, se reveló como una pionera, de esas que sortean las dificultades y piedras en el camino en un mundo mayoritariamente masculino, abriendo camino a otras. En las décadas de los 60-70 sólo unas pocas directoras contemporáneas tenían relevancia como Agnès Varda, Kira Murátova, Binka Zhelyazkova, Drahomira Vihanová, Irena Kamienska, Lana Gogoberidze, Ana Mariscal, Larisa Shepitko, Cecilia Mangini, Vera Chytilová, Mai Zetterling, Shirley Clarke, Kinuyo Tanaka o Liliana Cavani. Huellas seguidas de otras luchadoras como Alice Guy, Lois Weber, Elvira Notari, Germaine Dulac, Dorothy Arzner, Olga Preobrazhenskaia, Esther Shub, Lotte Reiniger, Maya Deren, Jacqueline Audry, Wanda Jakuboswka, o Leni Riefenstahl.

Diario para mis hijos (1984)

Diario para mis amores (1987)

Diario para mis padres (1990)
El nuevo cine húngaro del que formó parte Márta Mészáros
Mészarós formó parte de ese nuevo cine húngaro de los años 60, considerado su edad de oro, que renovó y revitalizó su producción, creando un cine vanguardista con capacidad de innovación; si bien no es tan recordada como sus contemporáneos Miklós Jancsó, su marido durante 10 años, Lajos Koltai o István Szabó. Corriente considerada como esa nueva ola que coincide en distintos países, como en Francia (Nouvelle vague), Rusia, Inglaterra, Brasil o España.
La calidad de su cine le ha llevado a obtener numerosos premios como el Oso de Oro en el Festival Internacional de Berlín por Adopción (1975), siendo la primera mujer en conseguirlo; el premio FIPRESCI en el Festival de Cannes por Nueve meses (1976); Gran premio del Jurado de nuevo en Cannes por Diario para mis hijos (1984); Oso de Plata en Berlín por Diario para mis amores (1987); la Concha de plata en el Festival de San Sebastián por Just like home (1978). Y los últimos han sido en 2007, en la Berlinale al conjunto de su trayectoria y en 2019, el Mikeldi de honor en el Festival de cine documental y cortometraje de Bilbao (ZINEBI).
Esta directora se caracteriza por tener un sello propio, un cine de autor(a) que en su tiempo no era demasiado aceptado. Su capacidad de armonizar cine de ficción dramático con partes documentales, de realizar yuxtaposiciones de lo personal con lo político, es interesante. Hay películas en que lo documental recuerda a las de Marlen Jutsiev, sobre todo en esas manifestaciones políticas de masas en las calles, con grandes planos generales o escenas costumbristas y tradicionales como los bailes populares o el trabajo en las fábricas. Imagino que estudiar en la misma Escuela de Cine les acercaría en estilo. También aparecen similitudes con el cine de Tarkovsky, en especial en las escenas oníricas de recuerdo de sus padres en Rusia en la serie de “Diarios…”. Unos planos en la naturaleza y en una cantera con una enorme hondura poética, carga sentimental y excelente puesta en escena en los que los homenajea, denotando la importancia en su vida y el vacío que le dejaron. Pero, por todas esas características y los temas audaces que afronta, su cine posee entidad propia y su estilo a la hora de contar tan natural, sus largos planos secuencia, lentos trávelins, abundancia de primeros planos sostenidos que enfatizan lo emocional de sus personajes, su vitalidad, humanismo y ternura con que los cuida, la hacen muy especial. Un cine que se detiene en momentos contados en tiempo real, con sus silencios, sus pausas, miradas y que ella sublima.

Adopción (1975).

Nueve meses (1976)

Just like home (1978)
Su cine bebía del zeitgeist de la época, con los comienzos de la lucha feminista –aunque ella no se ha considerado una activista del feminismo, sino que sus historias hablan de mujeres que se encuentran con trabas por el mero hecho de serlo y que intentan derribar muros para conseguir la equidad en un mundo que asistía al despertar del género femenino– y estaba completamente imbuido por los cambios políticos como el fin de la guerra, el peso del estalinismo, la efímera revolución del 56 con la consiguiente represión y respuesta soviética, el “deshielo de Jrushchov” o la primavera del 68.
Elementos comunes del cine de Márta Mészáros
Con las numerosas películas que he podido ver en distintas plataformas (muchas de ellas no se encuentran o no tienen subtítulos), existen una serie de elementos comunes que definen muy bien su cine.
A saber: una atmósfera deprimente y plomiza enfatizada por una excelente fotografía de zonas industriales nevadas de la ciudad que reflejan la melancolía de las mujeres que trabajan allí y su presente complicado. Algo con un aire al Free cinema inglés sobre el desencanto de la juventud. Los países europeos del Este asistían a la industrialización y las mujeres ocupaban puestos de trabajo técnicos en las fábricas como alternativa al campo. En La muchacha (1968) la protagonista trabaja en una fábrica textil con sus compañeras de internado, así como la chica de “Nueve meses”, con su abatimiento y desidia ante los cantos stajanovistas de sus compañeras. También Juli, en la serie de los “Diarios”, la amiga de la directora de un internado en The Two of Them (1977), o la chica abandonada por los padres de Adopción. Se aprecia una crítica velada, debido a la censura, sobre la idea de obreras prósperas y felices en sus trabajos en cadena.
También observo que repite mucho con varios actores como la cantante Kati Kovács, que protagoniza dos películas, La muchacha y Binding Sentiments (1969) u otra en la que sale actuando. Jan Nowicki es el que más ha rodado con ella, en diferentes papeles de hombre problemático, o al contrario, de alguien muy apreciado que representa a su querido padre o a Janos, uno de sus amores en los “Diarios”. La actriz Zsuzsa Csinkoczi empezó de niña con ella, sufridora del alcoholismo y mala relación de sus padres en la citada The Two of Them, hasta convertirse en la importante Juli, su alter ego en la tetralogía de inspiración autobiográfica ya citada y en varias más, incluso la última película hasta el momento, Aurora Borealis. También Lili Minori protagoniza Nueve meses y The Heiresses (1980) con unos papeles muy distintos y forma parte del reparto en otras y también en la última de la directora citada anteriormente. Esto denota fidelidad y confianza hacia unos actores que se acomodaban muy bien a su tipo de relatos.

Aurora Borealis (2017)

The Heiresses (1980)

The Two of Them (1977)
Otra constante es que los hombres suelen ser presentados como obstáculos para la independencia de la mujer, como alcohólicos, maltratadores psicológicos, egoístas como el hijo en Binding Sentiments o el extraño capataz de la fábrica de “Nueve meses” que mantiene una relación con su trabajadora, la deja embarazada y la juzga por su relación anterior con la que tiene un hijo. También el proxeneta de Daughters of Luck (1999). Si bien la directora no los demoniza, más bien al contrario, no los juzga, presenta sus defectos y alguna virtud. Aunque también los hombres representan la cordialidad y el cariño como su abuelo adoptivo, el carisma del padre o la seguridad y nobleza de su amor platónico, Janos o el marido complaciente en The Heiresses.
La juventud es presentada inmersa en la contracultura, rebelde contra la policía, contra las tradiciones, amante de la música beat local, desinhibida, iniciando la liberación sexual, idolatrando a grupos como los Beatles o a Che Guevara, con incipientes deseos okupas y antisistema, pero también un poco desorientada por los cambios políticos y el nuevo papel de la mujer. Varios de estos aspectos se ven en la película musical Don’t Cry, Pretty Girls (1970), La muchacha y Binding Sentiments.
Otro elemento común es la introducción de escenas largas documentales que atestiguan los acontecimientos sociales de la época, las duras condiciones laborales, la vida en orfanatos o internados fabriles de chicas con problemas o las costumbres arraigadas, cultura y folklore. La constante alusión a centros estatales revela su experiencia vital y una preocupación por contar historias de mujeres de familias desestructuradas, abandonadas o con padres fallecidos, como le pasó a ella.

Don’t Cry, Pretty Girls (1970)

Binding Sentiments (1969)
Hay también mucha insistencia en la contraposición tradición-modernidad, aunque no para denostar a la primera, sino por los contrastes existentes, pero, sobre todo por la necesidad de encontrar las raíces del pasado, lo atávico, que a ella se le escapó en su niñez por el cambio de país y la orfandad prematura. Hallar referentes en un país que despertaba del oscurantismo y se preparaba para los nuevos tiempos que vendrían.
Las mujeres cobran protagonismo en sus films, algo poco habitual en la época y suelen ser personas fuertes, con problemas económicos, desadaptadas, de firmes convicciones algunas y otras con circunstancias adversas derivadas de un pasado del que quieren huir y un presente poco esperanzador. También formadas, cultas, pero que tienen que demostrar el doble para ser consideradas. Casi siempre deben tomar solas o con la ayuda de una amiga, decisiones cruciales. Verdaderas heroínas en situaciones normales, nada fuera de lo común, nada espectacular, sino que respiran y desprenden realidad. Las sentimos muy cerca, porque sus temas nos rodean. Temas que eran impactantes o controvertidos en su época a los que Mészáros pone voz y rostro, tales como ser madre soltera y querer seguir trabajando y estudiando, querer ser madre a los 43 años y adoptar una niña, ejercer la prostitución por necesidad, buscar a la madre biológica que la abandonó, querer tener sexo en un lugar, no atarse a una pareja, sino tener varias experiencias, casarse por amor para salir del drama, demandar la pasión perdida con la pareja o divorciarse, o el dolor por ser estéril. Además, quería destacar que rodar en 1976 un parto real en una película no debía ser nada común. La actriz Lili Monori estaba embarazada de verdad cuando le propuso rodar “Nueve meses” y el nacimiento de su bebé está rodado de una forma muy sencilla, sin excesos, con una naturalidad pasmosa. Impacta por ser un momento vivo, en directo y con sensibilidad.
Un cine, en definitiva, muy cercano y humano, contado con sensibilidad y demostrando que lo femenino ha encontrado su sitio y que tiene mucho interesante que ofrecer.

Márta Mészáros de joven.
Descripción de ELTÁVOZOTT NAP (The Girl o La muchacha)
Una vez contextualizados su biografía y cine y analizadas sus características generales, me detengo en su ópera prima. Estrenada en 1968, este largometraje se convertiría en el primero rodado por una mujer en Hungría, fecha muy tardía respecto a otros países, lo cual denota la dificultad para acceder a una Escuela de cine y desarrollar una carrera cinematográfica en ese país. La irrupción de ELTÁVOZOTT NAP (The Girl o La muchacha en España) fue un soplo de aire fresco, un cine muy distinto que estaba influenciado por corrientes extranjeras como la Nouvelle vague y deseos de renovación comunes que se dieron cita de manera sincrónica en el mundo. La directora, debido a la censura, todavía no podía acometer proyectos más políticos que tenía en mente y que dejaría para más adelante. Aunque, de alguna forma, en ésta ya se aprecian rasgos críticos sobre el contexto de esa juventud que asistía a unos cambios sociales, culturales y políticos que se reflejaban en la aparición de contraculturas, la música beat, la rebeldía ante las instituciones, un principio de liberación sexual o la expresión de un desencanto generalizado.

La cantante Kati Kovács es la protagonista.

El comienzo huye de un cine de corte clásico. La intención de la directora es clara y contundente. Varias chicas puestas en línea tensan la cuerda de un arco apuntando a una diana, mientras son corregidas por una profesora. Excelentes primeros planos de miradas decididas, fuertes y precisas constituyen una acertada alegoría sobre la nueva mujer que quiere exponernos Mészáros: chicas que parecen tener claros sus objetivos y que ya han llegado hasta el límite de la tirantez de la cuerda represiva para efectuar el disparo de la disconformidad. Nos conduce a una de ellas, de mirada felina, muy bella. La coloca en nuestro foco de atención sin poder apartar los ojos de ella. El primer disparo lo falla, pero en el segundo se concentra plenamente y nos regala un plano detalle impresionante de su mirada audaz y segura. A continuación, ya con los títulos de crédito, una sucesión de planos fijos muy bellos y originales desde todos los ángulos de esta misma chica, nos ofrece una narración alejada de lo habitual, acompañada de banda sonora del momento de un grupo que volverá a acompañarnos al final de la película con música en directo. Un propósito que nos adelanta que esta mujer va a ser analizada desde distintas ópticas. Su modernidad, sus ganas de independencia, su gusto por las músicas del momento que suenan en el film, sus apetencias sexuales, pero también desde lo afectivo y psicológico cuando la vemos salir angustiada y hastiada de una comida institucional en la que se asfixia y es acosada por un chico en la calle.

La protagonista tiene nexos en cierto modo con su autobiografía, una chica de padre desconocido y dada en adopción por una mujer rural en los años 40. Se ha educado en un orfanato público y trabaja en una fábrica textil cuando recibe la carta de su madre biológica hablándole de su existencia. La necesidad de reencontrarse con su pasado lleva a esta joven de Budapest a reunirse con ella en su pueblo.
Es Kati Kovács. La célebre cantante pop y actriz se ajusta muy bien a este tipo de papel. La frialdad y melancolía en su actuación expresan muy bien el sentimiento de desarraigo, falta de referencias y carencias afectivas de esta solitaria chica de 24 años. Fruto de las presiones de una sociedad patriarcal y tradicional, su vida estuvo marcada desde el nacimiento debido a la imposibilidad de su madre de afrontar la maternidad soltera en ámbitos rurales por cuestiones económicas o culturales. El viaje de reencuentro con sus orígenes representa un viaje interior hacia la oposición modernidad-tradición. Una chica urbana, independiente económicamente, liberada, con peinado cardado y corto, ropa y maleta actuales que contrasta por esa calle de tierra con montañas al fondo, con la típica mujer rural vestida de negro, pañuelo en la cabeza y cargando una gran cesta en la espalda, en un excelente plano de la directora. Solo esa imagen evidencia sin palabras lo arcaico frente al progreso, el pasado frente a una esperanzadora, aunque débil idea de futuro; lo diametralmente opuesto a esa chica que tensaba el arco minutos antes y que viene pisando fuerte, llamando la atención de todos los hombres que se cruza en el tren, autobús o en el pueblo.



La llegada a la casa de la madre biológica es muy atrayente. Si esta película fuera francesa, seguramente el plano de su bello rostro, pelo corto y sus ojos cuando se baja unas modernas gafas de sol, sería un icono de la Nouvelle vague. Una imagen que es hasta insolente para esa madre vestida de forma tradicional que la recibe fríamente, comentándole que le escribió otra carta para que ya no viniera y que la presentaría a su familia como una casi desconocida sobrina. Situación que deja totalmente vulnerable a Erzsi con un distanciamiento afectivo y generacional que se enfatiza con la valla de madera que las separa visualmente, mientras la sra. Zsámboki (Teri Horváth) se afana en sacar agua manualmente de un pozo.
Lo que sigue a continuación es la vida cotidiana de una familia sometida al hombre de la casa, en la que se nos describe que comiendo las mujeres callan, la abuela no existe inmersa en su silencio, pero observadora de todo. Un excelente plano secuencia con un travelling circular resuelve brillantemente la escena de la cena, donde nos permite observar en tiempo real las actitudes y expresiones de cada uno de los comensales y casi podemos adivinar sus pensamientos. El patriarca decide los tiempos, tiene el privilegio de ver la televisión con su hijo dando el sitio de honor a la invitada, que le ha dejado fascinado por su aire de Budapest, mientras la madre y la abuela recogen y limpian la cocina. El programa que espera el padre con expectación muestra un concurso de belleza femenina internacional, con chicas en bañador, así como bailarinas semidesnudas y mujeres esquiando en bikini. Una imagen aparentemente de modernidad de la mujer, pero que la conduce a objeto de deseo sexual.


Erzsi, mientras camina por el pueblo, es observada y acosada por los chicos en la entrada de la Iglesia y representa lo añorado, las ganas de muchos de ellos de salir de ese ambiente, como le manifiesta su hermanastro. Un plano de ella solitaria por una carretera refleja inequívocamente su desubicación y desarraigo, antes de desnudarse y bañarse en el río, hecho que le recrimina su madre escandalizada.
La inserción de la escena documental del baile popular es un acierto total. El trávelin lento que enfoca a las mujeres mayores sentadas observando a los jóvenes bailar sobrecoge, sientes que es una situación que se ha repetido varias generaciones y que, probablemente, dentro de 30 años los que bailan serán los que permanecen sentados mirando a sus hijos. La protagonista baila con varios hombres que se la rifan por experimentar ese soplo de aire fresco, aunque sea por un momento. Mientras, la madre biológica camina lentamente clavando su mirada en la hija que pudo ser y no fue, en un primer plano sostenido en el que sus pensamientos son transparentes y se capturan sus emociones.
Erzsi vuelve en tren sin despedirse, con una sensación de vacío que pretende mitigar teniendo relaciones sexuales con un desconocido del vagón. Su mirada perdida y ajena mientras la besa en la habitación del chico con música que parece Marlene Dietrich, nos contagia con su insatisfacción. A los pocos días, se presenta un extraño hombre, aún más desubicado que ella, sin dinero, que le dice que es su padre, lo cual acentúa más su soledad y carencia de vínculos afectivos.



La escena final nos conduce hacia un club de baile urbano, más moderno, con una actuación de un grupo de estética parecida a los Beatles que canta en directo. Con su amiga se divierte y somos cómplices de nuevo de su desencanto y desafección cuando se le acerca otro chico para seducirla.
Esta película es en apariencia sencilla, sobria, pero esconde mucho más de lo que parece debajo de sus capas de película de nueva ola. Expone su negativa hacia el papel de la mujer oprimida desde antaño, modelo que se perpetúa según qué ambientes, pero expresa sus dudas sobre la deriva de la nueva que parece conducirse hacia modelos alejados de la subordinación, pero inmersos en la producción y explotación laboral y hacia una liberación sexual mal entendida.


Márta Mészáros, cineasta longeva, comprometida, que también atrajo a actrices muy conocidas como Isabelle Huppert, Anna Karina y Delphine Seyrig, ha sido una directora muy prolífica, aunque lamenta que en sus películas autobiográficas no pudo tratar el tema tal y como ella hubiera deseado: “Quería mostrar en un drama político lo que les pasó a mis padres a causa de la Unión Soviética: mi padre fue ejecutado y mi madre murió con el corazón roto. No deberían haber muerto de esa manera. Fue la censura lo que me impidió abordar eso directamente”.
Y en otra entrevista a un medio húngaro en 2017 tras su, por ahora, última película, la directora comenta: “Mindig is a női és a gyereksorsok érdekeltek, fontos számomra a szenvedés ábrázolása, de a szentimentalizmust nem szeretem”. (Siempre me han interesado las líneas de mujeres y niños, es importante para mí retratar el sufrimiento, pero no me gusta el sentimentalismo). Y así es su cine, mujeres que son el epicentro de sus relatos, los niños que la representan a ella misma y el drama contenido.
Por muchos años, sra. Mészáros.
20/07/2021

REFERENCIAS:
https://zinebi.eus/zinebi61/mikeldi-de-honor-marta-meszaros/
https://mubi.com/es/specials/marta-meszaros
https://kepmas.hu/hu/a-parhuzamosok-a-filmben-talalkoznak-interju-meszaros-
Estrella Millán Sanjuán.
estrellamillansanjuan.es

