Madurar duele. NOTAS SOBRE UN VERANO (2023) de Diego Llorente.
La transición a la madurez. Notas sobre un verano.
Con Notas sobre un verano de Diego Llorente, observamos que tomar como punto de partida la sencillez, poniendo el foco sobre episodios vitales que no van a pasar a la historia por su fatum insalvable o una complejidad existencial abrumadora, no tiene por qué traducirse en resultados insignificantes. Muy al contrario, conseguir trascender despegando desde lo cotidiano, lo real y conocido no resulta fácil, pero el director lo logra con creces. De poder pasar sin pena ni gloria como un producto inane de esos que quedan sepultados para siempre por su incapacidad de sorprender y que terminan por zozobrar entre lugares comunes mil veces visitados, esta historia sale a flote con pericia.
Levanta el vuelo poco a poco, su calma y su tempo lento van captándote con la belleza instalada en lo natural. Partiendo de planos nada impostados, ni rebuscados –pero que tienen la capacidad de transmitir en los segundos que duran de forma callada y elocuente a la vez, válgame el oxímoron– posteriormente vamos obteniendo información a través de la locuacidad de la joven Marta sobre su relación –parece que consolidada con Leo– y su inminente vida juntos con ensayos de convivencia previos.
La joven desea ir a Asturias, lo expresa en una cena con amigas y con su novio Leo, que tiene que quedarse solo en Madrid y casi no tendrá vacaciones. La relación entre ellos no está nivelada; mientras él la mira y admira constantemente, la necesita, ella rehúye la intimidad antes de la despedida porque ya no está allí con él. Sus pensamientos han escapado y buscan algo a qué aferrarse, sin saber a qué exactamente. El paréntesis del verano, la ruptura con la monotonía, con las clases en la Facultad, constituyen un momento de liberación y de salir impune ante hechos que en la cotidianidad de Madrid no surgirían. Marta anhela reencontrarse con su adolescencia, con su familia, sus amigas de siempre, pero desprende una especie de vacío e insatisfacción.
Necesita un aliciente, busca su sitio como el que falta para rellenar el hueco en la composición de cuadros de su habitación, sintiéndose el que está descolocado. Quiere reconocerse en los libros que dejó en su estantería, retomar su pasión por el dibujo que abandonó en la capital y que la acercan más a su yo. ¿Dónde está ahora su hogar? En la casa familiar, en el que quiere construir en septiembre, o en un antiguo amor que retoma. Quién sabe.


Dilemas que se presentan y que no son más que el amenazante e insoslayable paso a una madurez que duele. El miedo a palidecer por lo plano y casi monótono de la relación que deja en Madrid con visos de hacerse más sólida o sucumbir y terminar quebrándose ante fogosos encuentros con Pablo –con el que intuimos una relación que no finalizó aún y que sigue latente–, pero con escasa proyección por su situación laboral o imposibilidad geográfica.
Nunca vemos carnalidad con Leo, ni despedidas con besos y latidos que ahogan, sino un contacto con él que se reduce a audios a destiempo, casi obligados y llamadas que nunca se realizan porque siempre ocurre algo que las solapa. Sin embargo, con Pablo, desde el primer acercamiento en la playa bajo el agua, la conexión es directa. No hay rostros, ni escuchamos su conversación, sino manos que se buscan, caricias mutuas, piernas entrelazadas y pasión donde la “verbalización” se produce mediante formas visuales, quedando muy patente que la historia ha brotado de nuevo.
Una película en la que la excelente interpretación y rebosante naturalidad de Katia Borlado la vertebra completamente –cuyos diálogos parecen improvisados muchas veces–, estando muy bien rodeada por Antonio Araque y Álvaro Quintana, como los hombres que integran esa tríada efímera. Película muy bien narrada en lo visual y con un pulso imperceptible, pero firme, que nunca decae y sabe mantener la atención.


Llorente nos habla de forma tranquila, transparente, jamás juzga, no hace falta. Es capaz de contar con la sabiduría sutil y la seguridad de que esta historia “intrascendente” nos va a llegar, porque se parece a episodios de nuestras vidas y nos agarra fuertemente por ahí. Expone la indecisión de la chica, que quiere a su novio por cómo la quiere a ella; la inseguridad y desesperación de éste y la frustración del amante.
Triángulo imposible, abocado al fracaso casi desde el mismo momento en que se originó. Triángulo destinado a escindirse por uno de los lados en cuanto llegue septiembre, la vuelta a la rutina, dejando los sueños de verano como algo etéreo buscando la fisicidad de la responsabilidad, del camino hacia la edad adulta, de conseguir desprenderse de la emocionalidad del pasado. Llorar con ojos de niña ante una pantalla, pero decidir como adulta tomar las riendas para madurar, en definitiva.
Porque un proyecto de vida también podría transcurrir entre silencios desayunando, entre una cotidianidad que no apriete demasiado, observando fotos, con el cigarro de la discordia, con la linealidad de la pasión que sigue a la montaña rusa de los inicios. Aprender a convivir con lo rutinario que espera a la vuelta de la esquina. Alcanzar un engranaje vital y de convivencia que encaje las piezas como esas sillas que construyen entre los dos. O no. En ese “me he perdido” de Marta finalizando la película, en apariencia banal, subyace el eje de la historia, una suerte de justificación silenciosa a lo ocurrido. Final que parece definitorio, pero abierto, revelador del estado de incertidumbre que atraviesa y que en otro momento podría aflorar, aunque las aguas parezcan calmadas después de la tormenta.


